Deborah Ríos, de 36 años, suplicó por su vida: «No me hagas nada, tengo un hijo», rogó a los ladrones que la asaltaron cuando se dirigía a trabajar. Sin embargo, no mostraron piedad y la atacaron con un destornillador y un cuchillo propinándole 31 puñaladas.
El brutal crimen conmocionó a la comunidad el 8 de junio de 2020. Deborah, madre de un niño de 13 años, había salido de su casa en Cuartel V, partido de Moreno, a las cuatro de la madrugada rumbo a la estación de servicio ACA Acceso Norte I, ubicada en Panamericana y Debenedetti, en Martínez, donde trabajaba como playera desde hacía más de cinco años.
Tras más de seis años de proceso, el caso llegó a juicio y ambos acusados resultaron condenados, aunque con penas dispares. Enzo René Aylan, de 30 años, recibió prisión perpetua por “homicidio criminis causa”. En cambio, su cómplice, Alexis Iván Matcovich, de 26, fue condenado a siete años y medio de cárcel por “robo calificado por el uso de arma”. Ambos estuvieron representados por el abogado Marcelo Lobo.
El fiscal de juicio fue Adrián Landini, mientras que la instrucción estuvo a cargo de la fiscal Carina Saucedo, de la UFI N° 2 del Departamento Judicial Moreno-General Rodríguez. El 13 de agosto pasado, un jurado popular determinó por unanimidad la culpabilidad de los dos imputados. La sentencia fue dictada por el Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 de Mercedes, presidido por el juez Juan Manuel Bonnet.
La familia de Deborah manifestó su descontento con la pena impuesta a Matcovich. “Fue un homicidio aberrante con una condena pésima. Buscaron zafar recurriendo al juicio por jurados, y al menos uno lo logró”, expresó un allegado en diálogo con Clarín.
Durante el juicio, Aylan rompió en llanto y negó ser el autor del homicidio, responsabilizando a otra persona, apodada “Chuli”, quien no fue juzgada. “Yo no la maté, fue Chuli”, afirmó. Además, aseguró que Deborah lo roció con gas pimienta, lo que le impidió ver y lo asustó hasta el punto de dejar la escena, argumento que contradice la investigación. Aylan también intentó desvincular a Matcovich del crimen, afirmando que solo habían consumido alcohol y marihuana poco antes y que él no participó del ataque.
El proceso resultó especialmente doloroso para la familia de Deborah, en particular cuando se exhibieron imágenes de la víctima tras el ataque y el informe de autopsia. Su hijo, actualmente de 19 años, no estuvo presente durante el juicio.
Según fuentes vinculadas al caso, “Chuli” se encuentra detenido por otro hecho. “Es imposible que por el daño causado haya participado una sola persona”, declaró un allegado.
La familia expresó además su deseo de que la justicia continúe investigando y localice a todos los responsables, ya que consideran que una atrocidad de semejante magnitud no puede ser obra de un solo individuo.
Una tía del hijo de Deborah compartió una carta con Clarín, en la que destacó que “una sentencia no siempre es sinónimo de justicia, y este caso es un claro ejemplo”. Recordó a Deborah como “una mujer solidaria, madre, amiga y sostén de su familia, con muchos proyectos por delante. A pesar de las dificultades que atravesó, nunca permitió que eso condicionara su futuro”. Añadió que la víctima “procuraba construir su propia vivienda y siempre encontraba la manera de ayudar a quienes más lo necesitaban”. Finalizó pidiendo que se la recuerde por quien fue y no solo por el horror que vivió.
El ataque ocurrió cuando Deborah caminaba hacia la parada de colectivos a las 4 de la mañana. En la esquina de San Fernando y Malabia, en un sector con calles de tierra y descampados, se encontró con los tres jóvenes acusados, entre ellos Enzo Aylan, quien había publicado en Facebook un mensaje anticipando su intención de robar por falta de dinero.
Deborah intentó defenderse usando el gas pimienta que llevaba, pero fue apuñalada 31 veces en estómago y brazos con un destornillador y un cuchillo; luego, ya en el suelo y moribunda, sufrió una patada en la cabeza. En una botella de cerveza abandonada junto al cuerpo quedaron las huellas dactilares de Matcovich.
En cuanto a la víctima, Deborah soñaba con viajar y conocer el mundo, pero su prioridad era ofrecerle una vida mejor a su hijo. En octubre de 2016 logró concretar uno de sus sueños adquiriendo un pasaje a China, un viaje que realizó con una amiga y que inmortalizó con varias fotografías en la Gran Muralla.
Además, fue practicante de artes marciales durante más de siete años en la Escuela de Disciplinas Orientales Shaolin Quan Fa Guan, en el barrio de Almagro. Su espíritu solidario también se reflejaba en su voluntad de colaborar en el centro Sai Baba, donde ayudaban a personas de bajos recursos, en marcado contraste con quienes le arrebataron la vida sin piedad.
Deborah era, ante todo, una mujer de paz, y así se desea que descanse.
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